“Pregunta: ¿Para qué sirve la urbanidad? Respuesta: Pasa sabernos conducir bien en la sociedad i granjearnos con nuestros modales la estimación de los demás”. (Compendio de reglas de urbanidad para el uso de los colegios de la capital, Santiago: Imprenta de Julio Belin i Ca., noviembre de 1852).

El manual de urbanidad más antiguo que se conserva en las colecciones de la Biblioteca Nacional de Chile fue escrito por François de Callières y fue traducido por Ignacio Benito Ovalle para su publicación en 1744 en Madrid. Como casi todos los textos similares publicados hasta ya entrado el siglo XIX, pretendió adecuar las nuevas sociedades americanas al paradigma civilizatorio europeo y, con esto, modelar al ciudadano ideal para el proyecto de nación que se pretendía construir.

A Chile, los manuales de urbanidad llegaron como en el resto de Latinoamérica, en las primeras décadas del siglo XIX. En sus páginas, sentencia tras sentencia y acápite tras acápite, se establecían como en un catecismo, las formas correctas de conducirse en la sociedad, incluyendo todos los aspectos de la vida social, moral e incluso sexual de los individuos. La creciente difusión de estos manuales entre los ciudadanos y su intención de serializar patrones de conducta denotaba la intención, no solo de ordenar, sino también de diferenciar la sociedad. Por una parte estaban aquellos hombres o mujeres virtuosos, bien educados y moderados en sus impulsos, y por otra, aquellos que si bien no habían sido favorecidos con estas virtudes podían aprender a llevarlas dignamente. Sobre esto, Víctor Macías-González, propone una interesante lectura de los manuales de urbanidad al vincularlos con la idea que como consecuencia de su difusión y lectura se permitió el acceso de las clases medias al capital cultural de la aristocracia. Así, si bien una parte de la sociedad adoptó con ellos la ilusión de que a través del pulimiento de sus costumbres y pasiones, se podría conquistar el éxito; no es iluso pensar que a través de ella se establecían también –veladamente- los límites entre aquellos ciudadanos realmente capaces de construir una sociedad civilizada y aquellos que trataban de inmiscuirse en un sociedad regulada y bien portada, cuya unidad se veía amenazada por la movilidad social del período.

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Otro aspecto importante de señalar es su difusión y especialización. En un primer momento, se trató de manuales destinados a un público más bien general. Luego, se otorgó fundamental importancia a su instrucción en la primera infancia y en los jóvenes y señoritas de la época, surgiendo de este modo manuales especiales para escuelas, para distintos oficios –como el de comerciantes de Martínez Baselga-, o aquellos que a principios del siglo XX publicaron en forma de artículos, por ejemplo, la revista Familia y cuyo énfasis eran las cualidades de una buena esposa.

Hoy, el conocido Manual de Carreño, editado por primera vez en 1854, se continúa reeditando y de vez en cuando, uno que otro manual de urbanidad -que incluso propone normas de adecuado comportamiento en redes sociales-, se empina en las mesas de novedades de las librerías santiaguinas. Sin embargo, el concepto tal como se entendió durante el siglo XIX, resultaría hoy, en una sociedad que aboga por el respeto a la diversidad y la inclusión, probablemente más cuestionable que la más reprochable acción o conducta citada en cualquiera de las páginas de cualquiera de estas publicaciones. No obstante lo anterior, sabemos que las sociedades y grupos humanos generan naturalmente códigos comunes que propician su cohesión y favorecen una sana convivencia y si bien, estos manuales nos resultan incluso jocosos, constituyen un valioso archivo de mentalidades, sensibilidades y formas de proyectar la idea de país y de ciudadanía.

 

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